| De
los vientres de la más
La crítica de la violencia, representada por
el pensamiento mismo, sólo puede ser un pensamiento: fantasía
exacta. Es con una fantasía exacta de ese tipo que Cecilia Vignolo
coloca sus signos-imágenes mentales en una instalación
conceptual, dedicados a la violación del cuerpo femenino, pero
también a su retorno subversivo.
El cuerpo, el otro de la razón, comparte dentro
del proceso de la civilización del destino de la naturaleza.
Se le admite, mientras sea razonable, una máquina racionalmente
transparente, manejable. El descubrimiento del cuerpo, cuando la medicina
científica hace su entrada, es al mismo tiempo la represión
radical del mismo: el concepto de distanciamiento y represión
da resultado justamente gracias a los mayores conocimientos sobre sus
funciones, es un saber que produce poder, que somete y aliena.
Medir, pensar, prensar – Cecilia Vignolo reúne
en la primer sala algunos aparatos que tienen como tema la fragmentación,
la penetración y la apropiación del cuerpo. El piso de
la sala está tapizado con material informativo, como si actuáramos
a partir de un conocimiento asegurado. De forma enigmática y
lacónica se encuentran los testimonios en el camino hacia el
enmudecimiento del cuerpo: la prensa sostiene y hace peligrar un huevo,
la imagen es como un flash en el momento de la concentración
antes de la destrucción, un contener la respiración, una
espera. Tres tipos diferentes de balanzas, antiguos hallazgos con el
aura del uso, se conducen ellos mismos hacia el absurdo.
Mientras que una de ella pesa los ovarios extraídos, sin sentido
ya, la segunda está ahí como algo olvidado, recubierta
de telarañas, y la tercera gran balanza de pié, vacía
y convertida en un objeto inútil, se vuelve totalmente fetiche.
95 frasquitos de remedios cuelgan misteriosamente iluminados en el espacio
y de esta forma dan lugar a la asociación del intento de curación
desde afuera, en su doble acepción: cada intervención
con medicamentos no es ayuda, sino que participa en el autodesprendimiento,
en reprimir el dolor y la enfermedad como parte del lenguaje del cuerpo.
Esta disposición enfoca directamente al verdadero tema de la
instalación: la esterilización como medio de la política
demográfica. Dos pilas de cajas de cartón se encuentran
colocadas en forma diagonal, una de ellas ya ha sido, digamos “tratada”:
atada y sellada con la categorización definitiva de “esterilizado”,
mientras que la pila más pequeña aún parece esperar
su destino.
Este triste depósito de cajas –el cuerpo como simple envoltura
hueca, como ataúd-, echa, por decirlo así, una luz mucho
más clara sobre los objetos anteriores como consecuencia dudosa
y
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posibilidad
más extensa de la instrumentalización del cuerpo.
Para entrar en la segunda sala es necesario pisar una parte de un cuerpo,
un órgano-amohadilla enorme yace en la entrada, blando, extraño,
absurdo en su dimensión, un obstáculo. En el ambiente
blanco, inocente, diez barrigas de gres están dispuestas en fila,
vientres hinchados en una posición intermedia muy peculiar. Queda
en suspenso si se trata de vientres de niños, hinchados por el
edema del hambre ó si son barrigas de niñas jóvenes,
prematuramente embarazadas.
En contraste con estos pequeños vientres desamparados, en la
pared frontal aparece una altanera gran barriga blanca, una forma primitiva,
segura de sí misma. Cecilia Vignolo declina aquí posibilidades
de corporalidad, las pone sobre el tapete frente a cualquier abstracción,
y lo hace de forma rigurosa y sin dejo de sentimentalidad. En la constelación
se esconde algo que sabemos, repentinamente, una vez más, y esto
que ya sabemos queda fijado en el texto agregado: “Un nacimiento
en Europa produce más presión sobre los recursos mundiales
que diez en Africa”; y sin embargo, sucede más que la duplicación
de lo ya conocido. No se trata solamente de la cuestión teórica:
por cuánto tiempo más aquellos que viven en medio del
lujo podrán prescribir a los que viven en la pobreza que deben
moderarse en la explotación de los recursos naturales, y eso
lo dicen a pesar de saber que no es así. El frío conocimiento
se vuelve concreción corporal, se propaga fisonómicamente
hasta llegar al corazón.
En la tercera sala hay un atril de notas con una hoja en blanco, como
una señal para la posible reactivación de los sentidos,
de la creatividad humana. Como estaciones de un vía crucis, barrigas
preñadas estructuran la gran sala: la imagen de la fertilidad,
de la vida y de la entrega a la vida –de la cual sabemos, sin
embargo, que corre peligro de todas formas.
Las barrigas son como marcas del recuerdo, fragmentos de una búsqueda
de la autodeterminación y de la facilidad. Al llegar al final
de la ronda, indicada por el camino así dispuesto, nos encontramos
con un lavabo delante de la pared con espejo, que lleva nuevamente,
lleno de tierra. Una imagen clara, y un jeroglífico: el lavado
de manos existe en todas la religiones y culturas como preparación
al rezo, como expresión del desprendimiento de lo cotidiano,
de limpieza en el sentido más amplio. Es espejo rehúsa
la reflexión y nos trae devuelta a la tierra. ¿De dónde
venimos, hacia dónde vamos?
Cecilia Vignolo resuelve en su instalación lo difícil:
un tema eminentemente político se vuelve, sin propaganda, un
tema concreto, sensual, corporal. La estrategia del poder, que también
se realiza en la esterilización del cuerpo del otro, de los pobres,
de os aborígenes, de la gente de color, queda desenmascarada.
Y sin embargo, al ser dada a conocer, es trascendida. A las consecuencias
devastadoras de la dominación de la naturaleza externa e interna,
Cecilia Vignolo contrapone el lenguaje del cuerpo mismo y su capacidad
de hace una crítica práctica de las circunstancias.
Odrote Willert
Traducción del alemán: Ilana Marx |